domingo, 21 de noviembre de 2010

Transmitiendo

Puedes conocer a las personas muy bien, verlas diariamente, vivir en la misma casa con ellas. No conceden especial importancia a lo que dices o haces hasta que se enteran que vas a aparecer en televisión. Entonces se apresuran a llegar pronto de la oficina, no para verte en casa, sino para verte diciendo las mismas cosas en televisión.
Del mismo modo, numerosas personas que no soñarían en leer uno de tus libros se apiñaran incomodas alrededor de un aparato de radio para escuchar cómo otras personas hablan acerca del libro.
Es una triste carencia de la cultura no haber hecho posible que la gente tome interés en algo a menos que esté dramatizado (por el mero acto de transmitirlo) o ritualizado.
Es la misma gente que dice:”Tengo que venir a tu conferencia”. Cuando respondes “me puedes escuchar diciendo las mismas cosas cada día, sin tener que asistir a una reunión”, contestan invariablemente: “Si, pero no es lo mismo”.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El pavo real

Era un pájaro maravilloso. Extendía su cola asombrando a todos con sus deslumbrantes colores… a todos, excepto claro está, a un hombre de mala voluntad.
- ¡Vaya zarpas más feas que tiene ese pájaro – dijo.

La buena acción

El alcalde de un pueblo vio cómo un hombre sacaba una espina del pie de un niño huérfano. Y esa noche soñó con el hombre, paseando placenteramente por los jardines del Paraiso diciendo:
- ¡Mira cuantas rosas han brotado de esa espina!.

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL SECRETO SE PROTEGE SOLO

Cierta vez un maestro quiso ilustrar a sus discípulos sobre algunos aspectos importantes de la enseñanza.
Uno de ellos le preguntó cuál era la mejor forma de ocultar un secreto.
Los discípulos se quedaron atónitos ante la respuesta de su maestro:
-La mejor forma de guardar un secreto es a la vista de todo el mundo.
-Pero maestro, replicaron a coro, ¿Cómo es posible que no lo descubran?
Observándoles con mucha indulgencia el maestro les dijo:
-La gente común cree que la Verdad es un secreto celosamente guardado, que es casi imposible acceder a ella, pero en realidad está al alcance de todos, cualquiera que tenga el verdadero deseo en su corazón de ser poseído por la Verdad, puede hacerlo.
-Pero maestro ¿Y qué hay entonces de todos esos libros de sabiduría que dicen tener en su interior la Verdad codificada, la cual solo será revelada a quien demuestre ser puro de recibirla?
-Hijo, si no existiera el misterio, no existiría el estímulo para querer ser revelado. El hombre necesita un empuje inicial, pero solo para aquel cuyo corazón esté rasgado por un poderoso amor que lo purgue de todo defecto y codicia no existirá tal misterio y el secreto para él no estará oculto.
-¿Y cómo se consigue tal estado? Preguntaron varios discípulos
-Deberéis trabajar mucho antes que esto suceda, y cuando llegue vuestro momento, cuando estéis en el lugar justo, aún en medio de una muchedumbre ruidosa y banal, la Verdad os encontrará sin ninguna duda y sin ninguna previsión de vuestra parte.
-Es muy interesante lo que nos explica, pero aún subsisten dudas en mi y con todo respeto, me cuesta harto imaginar cómo es posible que un secreto así, tan grande, pueda ser guardado frente a todo el mundo y no ser descubierto?¿Es que tan tonta es la gente? Arguyó un discípulo.
Sin molestarse siquiera el maestro, le contestó:
-La gente está preocupada por cosas inútiles, cosas que consideran de gran valor, y que en realidad no lo tienen, y malgastan su vida mientras lo esencial se les escapa de las manos. Mirad, haremos un experimento. En unos días se llevará a cabo la feria semanal y allí podré demostraros en la práctica lo que os asevero.
Pasaron los días y llegó el momento de la feria, el maestro y sus discípulos prepararon una larga mesa. Allí el sabio fue distribuyendo objetos de distinta naturaleza, algunos parecían joyas doradas, otras gemas preciosas y otros reliquias muy antiguas.
Las horas iban pasando, y la gente observaba los distintos objetos. Una persona se acercó para ver una piedra roja y el maestro le aseguró que era un rubí de alta calidad. La persona preguntó su precio y al ver que no era una suma elevada lo adquirió. Así sucedió con las joyas, y con las reliquias de las cuales el maestro aseguraba su alto valor y antigüedad. Los discípulos no entendían lo que sucedía y bostezaban de aburrimiento, ya desesperaban por la hora en que la feria concluyera.
Un hombre de aspecto vulgar y pobremente vestido, se acercó a la mesa. Sus ojos se posaron sobre una gema en especial y preguntó al maestro cual era su precio.
-Perdóname y no te ofendas por lo que voy a decirte, pero no creo que poseas el suficiente dinero como para adquirir tan valiosa pieza. Le contestó el maestro
El hombre no dijo nada y dirigió entonces su mirada a una joya en especial y preguntó nuevamente por su precio y recibió la misma cortante contestación del sabio.
Ya visiblemente fastidiado el extraño, ahora exigió el precio por una reliquia en particular y recibió nuevamente la misma y rotunda respuesta del maestro.
Mirando fijamente a los ojos del sabio le dijo:
-Me juzgas por mi aspecto, porque en realidad no sabes quién soy. Estoy vestido con estas humildes prendas, para así poder ocultar mi identidad y confundirme entre la multitud, pero en realidad soy un poderoso príncipe de una comarca cercana y mi padre el rey, me ha enviado en busca de un gran amigo suyo, para solicitarle sea mi guía espiritual y para encontrarle debería obtener tres objetos únicos de valor inigualable que solo yo estoy capacitado de reconocerlos. Así pues que basta de negativas, pagaré el precio que me pidas por ellos.
-Querido príncipe, yo soy ese gran amigo de tu padre ¿No te acuerdas ya de mi? Eras muy niño y yo fui tu maestro y el consejero personal de tu padre, el rey. Antes de tu adolescencia me retiré de la corte para difundir mis conocimientos. Fue entonces cuando el príncipe reconoció entonces a su querido mentor y emocionados se confundieron en un fuerte y largo abrazo.
- Discúlpame si aparenté en un principio no conocerte, porque fue necesario para impartir una lección a mis discípulos. Por favor, querido príncipe, ven a mi humilde casa con mis discípulos para que te agasajemos como corresponde. Y volviéndose a sus discípulos, les dijo:

-Como habéis visto, la gente solo se preocupó por vidrios coloreados de valor insignificante, metales dorados que aparentaban oro, o falsas reliquias decoradas de yeso, los objetos únicos de inigualable valor, estaban a la vista de todo el mundo, pero solo el que estaba capacitado para verlos es el único digno de poseerlos.

-El secreto se protege solo, concluyó

Elias Pessaj
http://www.seronoser-tudecides.blogspot.com/

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sobre la apariencia

El hombre ordinario juzga a una persona no por sus valores interiores, sino por sus acciones aparentes, por lo que superficialmente parece ser, por lo que la gente dice de él. Este método es aplicable solo para cierto tipo de juicio, y no para otros. Lo que una persona parece ser, depende de lo que se sabe de él. Por ejemplo, un hombre que esgrime un garfio no es necesariamente un asesino; podría ser también un conductor de elefantes.
Los elegido violan muy frecuentemente los cánones superficiales del aspecto, con el fin de no ser afectados por el comportamiento de la masa por su criterio artificial, y en otras ocasiones también para demostrar a aquellos que lo pueden ver, que la conducta de por sí no demuestra el valor interior de una persona.

Pahlawan -i-Zaif

martes, 16 de noviembre de 2010

Cuento

Había una vez un viejo sabio sufí que acostumbraba quedarse en su hogar y en su jardín y no salía demasiado, y cada vez que el rey iba a visitar la localidad, acostumbraba mandarle mensajes pidiéndole que fuera a verlo. Y finalmente, un día llegó en que fue a ver al rey y el rey le dijo: - Yo he estado viniendo aquí y le he enviado mensajes invitándolo a venir y usted no ha venido, ¿por qué no viene usted más seguido?, y el sabio le contestó: - Porque las palabras “¿por qué no viene usted más seguido?” son más dulces para mí que las palabras “¡por qué ha venido otra vez!”.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Grupos de trabajo e intención

La energía positiva es producida por el esfuerzo, por lo tanto, no debería ser utilizada sin una reflexión y la intención suficientes. Si trabajan duro en sus empleos por una semana y al final de la semana obtienen su paga, no salen a comprar un globo y lo dejan irse por el aire. No es suficiente decir, como justificativo para hacer eso, “Bueno, compré un globo, lo hice ascender y luego até a él una carta para Omar Ali Shah”. No soy Papa Noel. La intención es muy buena. En ese punto uno para y piensa: “¿Cuál es mi intención al enviar esta carta así, por qué no uso el servicio de correos?”. El entusiasmo está ahí, la intención es correcta, por lo tanto debiera producirse una acción correcta. Si ustedes dicen: “Me gustaría escribir una carta pero no se escribir”, entonces podrían estar en la situación de un hombre que un día quiso escribir una carta y no pudo hacerlo, entonces fue a ver a Nasrudin.
El hombre le dijo a Nasrudin: “Quiero escribir una carta a mi hijo, que está en tal lugar, ¿podría usted escribirla por mi?, y Nasrudin respondió: “Tengo papel y tengo que cobrar un peso por el trabajo de escribir la carta”, y luego Nasrudin dijo: “¿Tiene usted dinero para mi pasaje aéreo de ida y vuelta al lugar donde vive su hijo?” el hombre contesto: “No, pero tengo suficiente para el sello postal, no necesita ir personalmente”, Nasrudin dijo: “Si, tengo que ir con la carta”, y el hombre le respondió: “Usted es muy amable, muy gentil, pero es suficiente con que escriba la carta y acepte el peso, yo pondré una estampilla y la mandare por correo”, y Nasrudin dijo: “NO. Yo escribo la carta, tengo que ir”, y el hombre contesto: “Soy un hombre pobre, un hombre simple, no comprendo todo esto, todo lo que quiero es una carta, para enviar a mi hijo y usted dice que tiene que ir con la carta, ¿podría usted decirme por qué tiene que ir con la carta?”, Nasrudin entonces dijo: “La razón es que nadie puede entender mi letra, por eso tengo que ir yo mismo a leerla”.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El rey Darío y su caballerizo

Darío, rey de Persia, estaba cazando un día cuando se encontró apartado de sus sirvientes. Cabalgaba solo a través de una pradera y observó que un hombre corría hacia él.
“Es un enemigo” – pensó – y colocando una flecha en su arco, apuntó.
- Mi señor – gritó el hombre lleno de miedo – No disparéis. ¿No me reconocéis? Soy vuestro caballerizo y cuido de vuestros corceles.
- Da gracias a tu buen ángel – dijo Darío sonriendo, mientras guardaba la flecha – un minuto más y estaría muerto.
El caballerizo rio nerviosamente, se acercó y se inclinó.
- Espero que me perdonéis mi señor, si os ofrezco un consejo – dijo - ¡Tiene que haber algo verdaderamente errado cuando un rey no distingue a un amigo de un enemigo! Una de las exigencias de la gran posición que ocupáis es la de saber quién es cada uno de vuestros seguidores. He estado a menudo en vuestra presencia y hemos discutido varias veces sobre los caballos que cuido para vos. Pero ahora, cuando corría lleno de alegría cruzando el prado para daros la bienvenida, no deberías haber pensado que era un enemigo.
- ¿Veis todos esos corceles? – dijo el caballerizo extendiendo los brazos - ¡Hay cientos de ellos, miles de ellos! Y conozco el nombre de todos. Nombrad uno y os lo traeré. Esta es la razón de que me confiaseis este puesto. ¡Oh majestad! Deberíais atender a vuestra grey con el mismo cuidado.
Se dijo que Darío se dirigió amablemente al hombre y que grabó el consejo en su corazón.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Ejemplo

Había una vez un derviche cuya reputación, debido a sus logros espirituales y temporales, se incrementaba con el paso de los años.
Un día decidió casarse. Para sorpresa de todos los que le conocían, eligió la mujer de peor temperamento en muchas millas a la redonda.
Cierto baba errante que le visitó, no mucho tiempo después de su boda, no pudo dominar su curiosidad a la vista de este hombre santo constantemente interrumpido y criticado por una estúpida mujer.
Pidió a su anfitrión que le explicara la razón.
El derviche dijo:
- Hermano, cuando penetres más allá de lo obvio, se te aclararan muchas cosas. Ocurre que las arengas de mi mujer evitan que me convierta en demasiado dominante. Sin ella, mi posición como sabio se me subiría a la cabeza. Además siempre existe la posibilidad de que ella pueda ver, al comparar su conducta con la mía, que podría modificar su rudeza y asegurar su propia felicidad celestial.
Verdaderamente, hay que practicar las imitaciones de los sabios, se dijo entre si el baba.
Quedó profundamente impresionado por la explicación y, tan pronto como volvió a su propio hogar, se caso con la mujer de temperamento mas repugnante que pudo encontrar.
Ella lo injuriaba ante sus amigos, pariente y discípulos. Pero la mansedumbre del baba sólo servía para incrementar su desprecio y sus mofas.
Antes de que hubieran pasado muchos meses, la esposa del baba había enloquecido, y tanto se había acostumbrado a amenazar a la gente si provocar ninguna reacción, que un día empezó una disputa con una mujer aun mas depravada que ella, la cual la mató.
El baba viudo volvió a la vida errante, y un día se encontró otra vez en la casa del derviche a quien explico su historia.
El derviche dijo:- Si me hubieras preguntado, en lugar de precipitarte a poner en práctica un principio medio comprendido, te hubiera dicho que no era una regla general, y cómo ponerla en práctica en tu caso particular. Tratando de beneficiarte, has hecho daño a otros.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Dulzura sin fin

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Ansari y la búsqueda de ti mismo

Quieres ser capaz de evaluar las instituciones de los Sufis.
Quieres obtener el conocimiento de ti mismo. Puedes obtener lo primero cuando hayas logrado lo último. El jeque Abdullah Ansari, de Herat, en común con todos los maestros Sufis clásicos, insiste en que debes verte a ti mismo con ojos ajenos, es decir, apartado de tu presente forma de observar las cosas; de otro modo tu fijación con este yo secundario sólo aumentará su fuerza y empañará tu comprensión objetiva.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Los secretos de la eternidad
están más allá de nosotros;
sus desconcertantes palabras
nos es imposible entender,
pues nuestras palabras y acciones
tienen lugar a este lado del velo.

Alma mia,
cuando desaparece el velo,
nosotros desaparecemos.

RUMI

sábado, 6 de noviembre de 2010

Suplicas acumuladas

Era una costumbre establecida en cierto lugar que la gente visitase un santuario y rezase pidiendo buena fortuna.
Hacían una ofrenda al derviche, que cuidaba el lugar, para su mantenimiento y por caridad.
Tras muchos años de esa tradición, cuyos orígenes ya se habían olvidado, llegó un hombre verdaderamente necesitado.
Pero él no pidió nada.
En el momento de su llegada, un individuo caritativo se le aproximó.
El hombre caritativo dijo:
- He hecho voto de dar todo mi dinero en este lugar a la primera persona que encontrase.
Donó cada una de las monedas e su fortuna al hombre verdaderamente necesitado.
Uno de los discípulos del derviche le preguntó por el significado interior de esta transacción.
El derviche lleno de sabiduría le dijo:
- Las suplicas acumuladas estaban aguardando a un hombre necesitado que no pidiese. Tan pronto como apareció, las aspiraciones correctas operaron y las oraciones fueron capaces de tener un efecto verdadero.
- Pero la gente cree que es el santuario mismo el que les trae buena fortuna – objeto el espectador.
- Trae buena fortuna a aquellos que la merecen. Los indignos atribuyen su suerte a haber estado en el santuario. Pero la asignación es a menudo diferente al origen.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Necesidad del aspirante de aprender a cómo aprender

Los Sufis poseen singulares alegorías diseñadas para ilustrar tanto el Camino como la situación de la humanidad cuando ignora el Camino. Por ejemplo: ¿Cómo considera el Sufi al individuo común que está tratando de vérselas con la vida?
Una saga que trata de las "visiones del más allá" se encuentra en una serie de historietas sobre el Mulla Nasrudín, quien cumple el papel del ser humano que ve el mundo en una cierta manera -como lo hacemos todos- mientras que la realidad es muy diferente.

Nasrudín es un joven tonto que la madre manda al mercado a vender una pieza de paño que ha tejido. Andando por el camino a la ciudad Nasrudín encuentra otro viajero con el que comienza enseguida a conversar. Las palabras del joven son tan poco realistas que el otro se da cuenta enseguida de poder engañarlo.
"Dame esa tela, tu no la necesitas", le dice. Nasrudín, que se cree inteligente, responde:
"¡Un momento, amigo! Mi madre me ha dicho de venderla por que necesita el dinero. Somos pobres ¿sabes? No sería un acto responsable regalarla".
"Muy bien -dijo el hombre- Te daré veinte monedas de plata, pero como nos las tengo aquí con migo ahora, te las daré la próxima vez que nos veamos" ¡Veinte monedas de plata! Esto le parece a Nasrudín una gran oportunidad pues su madre le ha dicho que podrían obtenerse, a lo sumo, tres monedas de plata.
"Entonces la puedes tener -responde Nasrudín, agregando con mucha astucia- aunque estoy
perdiendo dinero", cosa que ha sentido decir a los mercaderes cuando concluyen un negocio.
"Bien, me voy" -dice el hombre.
"¡Alto ahí!" responde Nasrudín, dado que le ha venido en mente otra idea "Debo saber tu nombre para poder reencontrarte"
"Es fácil -dice el otro- Yo soy Yo, ahora ya sabes quien soy".
Nasrudín, satisfecho de su trabajo, se vuelve a la casa a contarle a la madre lo que le ha ocurrido.
"Todo lo que tengo que hacer es encontrar a "Yo" y hacerme pagar"
"¡Qué tonto! -exclama la madre- ¡Todos se llaman "yo"! Tu eres "yo" para ti mismo, Yo soy "yo" para mi misma, y también aquel hombre es "yo".
"Esto es demasiado complicado para mi -responde Nasrudín- Pero mañana iré a buscar a "Yo" y me pagará".
Al día siguiente, Nasrudín parte para el mercado, y a mitad de camino se encuentra un hombre sentado a la sombra de un árbol. Nasrudín, que además era obtuso, no recuerda el aspecto del hombre que se había llevado su tela.
"Este hombre -piensa- podría ser él" y decide asegurarse. "¿Quién eres?" le pregunta al hombre. Al otro no le cae bien un encuentro tan directo y le hace señas de que se vaya: "No te importa. ¡Fuera, fuera!".
Nasrudín, que ha sido educado por su madre, considera que siempre se deba responder cortésmente a una pregunta. El hombre se estaba comportando mal. Así que Nasrudín levantó una gran piedra y, sosteniéndola sobra la cabeza del viajero le pregunta: "¿Quien eres? Creo que tu eres Yo".
"Está bien -responde el hombre poniéndose nervioso- si eso te place, yo soy Yo".
"Es lo que pensaba. Ahora, dame las veinte monedas de plata"
Convencido de que Nasrudín sea un peligroso lunático, el hombre le arroja presuroso las monedas y escapa contento de haber salvado la vida.

Es importante notar cómo Nasrudín viene generalmente ignorado y deplorado por los estudiosos, y además decididamente poco amado por los pomposos clérigos que no tienen sentido del humor. En esta historia en cambio, el lector está en grado de saborear algo de la idea que los Sufis tienen de la vida, del pensamiento y del comportamiento, experimentando lo absurdo de la presunción en acción.
Un término frecuentemente usado para definir al aspirante, es Buscador (Salik). Aquellos que, aunque siguiendo ejercicios u ocupándose de cuestiones Sufis, no han recorrido el Camino hasta el final, no pueden llamarse Sufis. "Sufi" es el nombre que se le da al Ser Humano Realizado. En palabras Sufis: "Quien se autodefine Sufi, no le es". No obstante ello, el mundo está lleno de personas así, que por siglos han sido numerosas.


Idries Shah

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mi corazón es capaz de tomar cualquier forma:
Un prado para las gacelas,
Un monasterio (cristiano) para los monjes,
Un templo para los ídolos (paganos)
La mezquita de la Meca para los peregrinos (islámicos)
Las Tablas de la Torah (hebrea) y las páginas del Corán
Yo sigo la Fe del Amor
Cualquiera sea el aspecto que éste asuma,
Allí está mi religión y mi fe.

Ibn al-Arabi

lunes, 1 de noviembre de 2010

“Cada una de las cosas es nuestra propia vida, cada cosa es nuestra propia práctica: hacer la comida, abandonar toda idea de que hay ingredientes de alta o baja calidad, abandonar, perder, es el verdadero satori. Ganar, es la ilusión, la pérdida es el satori”.